El león del zoo me pidió una foto para Instagram

Hay momentos en la vida en los que uno descubre que ha perdido el control de la realidad. El mío llegó delante de un león con mirada de influencer motivacional.

Y sinceramente… tenía más seguidores que yo

Todo empezó normal.

O tan normal como puede ser pagar 23 euros por entrar a ver animales que parecen más cansados que tú un lunes.

Yo iba tranquilo.

Con mi botella de agua.

Mis zapatillas incómodas.

Y mi energía habitual de señor confundido.

Hasta que llegué al recinto del león.

Y ahí cambió todo.

Porque aquel león no era un león cualquiera

No.

Aquel animal tenía actitud.

Presencia.

Ego.

Era el típico ser que, aunque esté tumbado sin hacer nada… parece que cobra por aparecer.

Y mientras todos hacían fotos desde lejos… él me miró.

Directamente.

Fijamente.

Como diciendo:

“Tú. Sí, tú. Acércate que tengo buena luz.”

Y claro… yo me acerqué.

Porque el ser humano tiene un instinto natural muy fuerte: hacer exactamente aquello que no debería.

El momento en el que me convertí en fotógrafo de fauna influencer

El león se levantó despacito.

Muy elegante.

Muy consciente de sí mismo.

Y empezó a caminar.

No como un animal.

No.

Como una modelo en una pasarela de Milán.

Incluso giró un poco la cabeza.

Buscando perfil, ángulo y likes imaginarios.

Y entonces se sentó justo delante del cristal.

Perfectamente colocado.

Con el sol detrás.

Y te juro que por un momento pensé:

“Este bicho ha ensayado esto.”

La gente ya no mira animales… evalúa contenido

Y eso es tristísimo.

Pero también divertidísimo.

Porque nadie dijo:

👉 “Qué animal tan majestuoso.”

No.

La gente decía:

  • “Uy, aquí hay buena foto.”
  • “Hazme una vertical.”
  • “Espera, que la subo a historias.”
  • “Pon cara de safari casual.”

Safari casual.

Mira, yo ya no entiendo nada.

Antes ibas al zoo para aprender.

Ahora sales con material para redes y 47 selfies sudando.

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Y entonces el león hizo algo inquietante

Porque de repente… levantó la pata.

Así.

Despacio.

Como saludando.

Como diciendo:

“Espera, esa no la subas. Salgo raro.”

Y yo me vine arriba.

Claro.

Porque cuando uno lleva demasiado tiempo al sol… el cerebro empieza a tomar decisiones creativas.

Así que le hablé.

Sí.

Al león.

Como si fuera compañero de trabajo.

Y le dije:

“Hermano, tú con un filtro sepia revientas Instagram.”

Y el animal bostezó.

Con desprecio.

Como hacen los famosos cuando les pide una foto alguien que mastica fuerte.

El calor convirtió aquello en una experiencia espiritual

Porque claro… hacía un calor infernal.

De ese calor que te derrite incluso pensamientos que no sabías que tenías.

Y ahí estábamos todos:

  • Sudando.
  • Haciendo cola.
  • Oliendo ligeramente a protector solar barato.
  • Persiguiendo sombras como animales del desierto.

Mientras el león estaba tranquilo.

Relajado.

Majestuoso.

Probablemente pensando:

“Mira qué mal envejeció esta especie.”

Y aquí apareció el objeto que me salvó del colapso

No fue agua.

Ni fue una gorra.

Tampoco fue mi dignidad.

Eso ya estaba perdido.

Fue otra cosa.

Algo pequeño.

Resistente.

Útil.

Y sorprendentemente elegante.

Un reloj de montaña.

Porque mientras mi móvil agonizaba con el calor… aquello seguía funcionando como si estuviera escalando el Himalaya.

Temperatura.

Hora.

Resistencia.

Orientación.

Todo.

Y encima quedaba bien en las fotos.

Que hoy en día eso parece importantísimo.

Porque un reloj de montaña te hace sentir preparado para todo

Aunque estés realmente perdido en un zoo buscando un baño.

Tú miras el reloj… y automáticamente te sientes aventurero.

Competente.

Como si pudieras sobrevivir en la selva.

Cuando en realidad llevas media hora buscando un puesto de helados.

Pero oye… la ilusión también cuenta.

Mi descenso mental con reloj

Un reloj de montaña ofrece resistencia, funciones útiles para exteriores y batería duradera incluso con calor extremo. Ideal para excursiones, senderismo… o para sobrevivir emocionalmente a un zoo lleno de turistas sudando.

Y entonces ocurrió lo más humillante

Porque cuando ya me iba… Miré una última vez al león.

Y te juro…

Te juro por lo que más quieras…

Que aquel animal posó.

Posó.

Levantó la cabeza.

Entrecerró los ojos.

Y se quedó quieto exactamente dos segundos.

Los suficientes para una foto perfecta.

Y ahí entendí algo terrible.

Ese león sabía exactamente lo que hacía.

Pero esto no acaba aquí… ni muchísimo menos

Porque más tarde pasé por la zona de los monos.

Y uno de ellos… uno de ellos me hizo un gesto que no puedo reproducir en un blog familiar.

Y sinceramente… todavía no estoy preparado emocionalmente para hablar de ello.

¿Quieres que cuente lo que pasó… o prefieres seguir creyendo que los animales son seres inocentes?

Te leo en comentarios. Pero si subes selfies con jirafas… quiero pruebas.

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