Hay compras que uno hace con ilusión. Y luego están las otras. Las que haces creyéndote una mezcla entre aventurero, piloto militar y documental de naturaleza… para acabar estrellando el aparato contra un árbol antes de aprender dónde demonios está el botón de volver.
Monté el dron… y lo estampé en tiempo récord
Eso me pasó con el dron.
Bueno… “me pasó”.
No.
Me lo busqué.
Porque yo llevaba semanas viendo vídeos. Gente grabando montañas, acantilados, bosques, playas al amanecer y pueblos preciosos con música épica de fondo.
Y claro.
Uno se emociona.
Uno piensa:
“Yo también quiero sentirme un halcón tecnológico.”
Pero la vida luego te recuerda que tú no eres un halcón.
Tú eres Juanliu, de Cáceres, con prisa y poca coordinación fina.
La caja venía mejor preparada que yo
El dron llegó un martes.
Y yo recibí el paquete como quien espera una reliquia sagrada.
Lo puse encima de la mesa.
Respiré.
Lo miré.
Y, además, cometí el primer error de todos los adultos modernos: pensar que abrir una caja sería rápido.
Ja.
Ja, ja.
Ja, ja, ja.
Aquello venía protegido mejor que un diamante ruso.
Primero el cartón exterior.
Luego otra caja.
Después una espuma.
Más tarde un plástico.
Luego un sobrecito con silica gel que siempre parece droga de astronauta.
Y, entretanto, yo sudando como si estuviera desmontando una bomba en lugar de abrir un juguete caro.
Además, cada pieza venía doblada, encajada o escondida en compartimentos secretos como si el fabricante sospechara de mí personalmente.
Y razón no le faltaba.
La emoción me hizo ignorar señales clarísimas
Porque había instrucciones.
Claro que las había.
Un libro entero.
Con dibujos.
Con advertencias.
Con normas.
Con frases serias como:
“Realice un vuelo de prueba en espacio abierto.”
Y yo pensé:
“Bah, tampoco será tan complicado.”
Eso lo dicen siempre las personas justo antes de empeorar una situación.
Además, el dron tenía luces.
Y pitidos.
Y una aplicación.
Y calibración.
Y GPS.
Y yo solo quería verlo volar cinco minutos como un niño con barba.
El vecindario entero presenció mi derrota aérea
Me fui al parque.
No al campo.
No a una explanada vacía.
No.
Al parque.
Con árboles.
Con bancos.
Con niños.
Con perros.
Y con jubilados expertos en mirar cualquier desastre en directo.
Perfecto todo.
Saqué el dron despacio. Como si fuera una criatura delicada.
La gente miraba.
Y eso me vino fatal.
Porque cuando uno se siente observado empieza a fingir conocimientos que no tiene.
Así que me puse serio.
Muy serio.
Como piloto profesional.
Aunque por dentro estaba igual de perdido que una cabra en Ikea.
—Eso vuela solo, ¿no? —preguntó un señor.
—Sí, sí… claro… bastante automático todo… —mentí mientras sudaba Bluetooth.
Más de EnganchaMente…
Y entonces despegó el demonio
Primero hizo “bzzzzzz”.
Luego levantó un poco.
Y, durante dos segundos gloriosos, me sentí poderoso.
Libre.
Tecnológico.
Una mezcla entre aventurero de montaña y youtuber motivacional.
Pero el universo vio mi felicidad… y actuó rápido.
Porque, de repente, el dron salió disparado hacia la izquierda como si hubiera recordado una deuda pendiente.
—¿Y eso? —dijo el señor.
—Está… calibrando…
No estaba calibrando.
Estaba huyendo.
Yo empecé a tocar botones como quien intenta desactivar un microondas enfadado.
El dron subió.
Bajó.
Giró.
Y, finalmente, hizo lo inevitable:
¡CRASH!
Directo contra un árbol.
Un árbol pequeño.
Pero muy eficaz.
El silencio después del golpe fue precioso
Todo el parque callado.
Ni un perro ladrando.
Ni un niño gritando.
Nada.
Solo el dron colgando de una rama como un jamón tecnológico triste.
Y yo abajo.
Mirándolo.
Con esa cara que pone uno cuando tarda más en abrir una caja que en destruir lo que había dentro.
El señor del banco me miró despacio y soltó:
—Pues sí que vuelan poco ahora las cosas.
Gracias, maestro Yoda del desastre.
Además, lo peor no fue el golpe.
Lo peor fue tener que recuperar el aparato delante de público.
Porque ahí ya pierdes la poca autoridad que te quedaba.
Intenté tirar piedras.
Luego una rama.
Después saltar.
Y, entretanto, el dron seguía allí arriba, balanceándose suavemente como si se riera de mí.
Drama cotidiano en versión tecnológica
Al final apareció un niño.
Doce años.
Gorra.
Mirada de superioridad informática.
Y me dijo:
—¿Quieres que te ayude?
Eso duele muchísimo.
Porque cuando un niño te ofrece ayuda tecnológica ya no eres un adulto. Eres una fotocopiadora humana.
El crío cogió el mando.
Tocó dos cosas.
Y el dron volvió solo.
Solo.
Como si conmigo hubiera fingido una lesión.
El niño me lo devolvió y dijo:
—Tenías activado el modo sport.
Claro.
Y yo pensando que “sport” significaba “diversión”.
Resultó significar “prepárate para correr detrás de tus errores”.
El reloj de montaña entendía mi sufrimiento
Y aquí entra el auténtico héroe emocional de esta historia: mi reloj de montaña.
Porque mientras yo hacía el ridículo aeronáutico del siglo, el reloj seguía ahí.
Firme.
Resistente.
Marcando la hora del desastre con precisión suiza.
Y, además, tenía una cosa muy importante: no volaba solo hacia los árboles.
Yo miré el reloj y pensé:
“Mira, esto sí lo entiendo.”
Altímetro.
Brújula.
Resistencia.
Botones grandes.
Nada de hélices asesinas ni aplicaciones que te humillan delante de menores.
Y, sinceramente, cuando uno pasa cierta edad empieza a valorar muchísimo los objetos que no intentan matarte socialmente.
Hay gadgets que te hacen sentir preparado
Eso sí.
El dron me dejó una enseñanza importante.
Nos emocionamos mucho con cualquier aparato que nos promete aventura, libertad o épica cinematográfica.
Pero luego la verdadera aventura es entender el manual sin acabar insultando a la tecnología.
Sin embargo, el reloj de montaña juega limpio.
Te acompaña.
Te orienta.
Te aguanta golpes.
Y queda fenomenal mientras finges que sabes lo que haces en plena naturaleza.
Además, si te pierdes, por lo menos no acaba colgado de un pino delante de jubilados.
La humillación tecnológica une mucho
Desde aquel día miro los drones con respeto.
Y miedo.
Sobre todo miedo.
Porque una cosa está clara: los vídeos de internet enseñan mucho la toma aérea bonita… pero nunca ponen al señor sudando debajo del árbol diciendo:
—Baja, hijo de tu hélice.
Eso no sale.
Y debería.
Moraleja con ramas y dignidad limitada
Aprendí varias cosas aquella tarde:
- Que la emoción reduce muchísimo la inteligencia.
- Que ningún hombre adulto debería mentir delante de jubilados expertos.
- Y que un reloj de montaña da más paz mental que muchos aparatos modernos con luces y aplicaciones.
Porque el humor cotidiano está precisamente ahí. En esas pequeñas tragedias absurdas donde uno se cree protagonista de un documental… y acaba haciendo el ridículo delante de un niño de doce años.
Cuéntame en comentarios cuál ha sido el gadget que menos te ha durado antes de romperlo, perderlo o humillarte públicamente. Y, si tú también prefieres aventuras donde el único que no falla sea el equipo, échale un vistazo a un buen reloj de montaña.
Porque lo siguiente que me compré ya no volaba.
Pero explotó.