“Voy a hacer un pisito”… y otras frases de albañil

El humor de albañil debería estudiarse en laboratorios

Hay personas que nacen con talento. Otras con carisma. Y luego están los albañiles… que nacen sabiendo hacer chistes malos incluso mientras sujetan un bocadillo de panceta.

Todo empezó un martes.

Un martes de esos que sudan.

Porque hay martes normales… y luego están los martes de obra.

Los de cemento en las pestañas.

Los de sol pegando fuerte.

Los de un señor gritando “¡PÁSAME EL CUBO!” como si estuviera coordinando un rescate militar.

Y allí estaba yo.

Quieto.

Escuchando la conversación más absurda de la semana.

El momento exacto en el que murió la madurez

Uno de los albañiles dejó la pala.

Miró alrededor.

Se acomodó el pantalón.

Y dijo:

“Bueno, voy a hacer un pisito.”

Silencio.

Dos segundos exactos.

Y después…

Explosión.

Pero no una explosión normal.

No.

Una explosión de señores de cuarenta y tantos riéndose como hienas descontroladas.

Uno se dobló.

Otro tosía.

Uno golpeó un saco de yeso mientras gritaba:

“¡JAJAJA! ¡UN PISITO! ¡LO HAS PILLAO!”

Y ahí entendí algo importante.

La humanidad jamás maduró.

Porque el humor adulto es mentira

Nos creemos sofisticados.

Muy serios.

Muy responsables.

Pero basta una frase como:

  • “Voy a colocar unos ladrillos…”
  • “Tengo que descargar la cuba…”
  • “A ver quién aguanta más con la radial…”

Y automáticamente volvemos a tener doce años.

Doce.

Con suerte.

Porque hay personas que escuchan “tubería” y ya necesitan sentarse para respirar.

¿Listo para más historias?

Relatos y Sátira

El jefe de obra era peor

Ahora bien… el verdadero peligro no era el del “pisito”.

No.

Era Manolo.

El jefe.

Ese hombre tenía una habilidad especial.

Convertía cualquier conversación normal… en una barbaridad.

Por ejemplo:

— “Hace calor hoy.”

Y él respondía:

“Pues espérate cuando entremos en agosto y el cemento se pueda freír.”

O también:

— “¿Dónde pongo esta herramienta?”

Y él:

“Donde no moleste más que tu cuñado en Nochebuena.”

El hombre no hablaba.

Disparaba frases.

Como una ametralladora de tonterías.

Y luego llegó el calor infernal

Porque claro… todo esto hace gracia en invierno.

Pero en pleno julio…

Con el sol derritiendo pensamientos…

Ya no.

Ahí las bromas pierden fuerza.

Y tú empiezas a sudar por sitios que ni sabías que existían.

Yo llegué a casa ese día completamente destruido.

Con polvo en los zapatos.

Arena en los bolsillos.

Y la frase “voy a hacer un pisito” pegada en el cerebro como un trauma.

Porque cuanto peor es el chiste… más tiempo vive.

Es una ley universal.

El momento en el que recuperé la dignidad humana

Abrí la puerta de casa.

Esperando fresquito.

Paz.

Un mínimo de esperanza.

Y lo que me encontré fue una temperatura parecida al interior de una empanadilla.

Ahí ya no ríes.

Ahí sobrevives.

Y entonces hice algo inteligente.

Rarísimo en mí.

Compré un aire acondicionado portátil.

Y amigo…

Qué invento.

Qué maravilla.

Qué forma tan elegante de dejar de sudar como un pollo nervioso.

Porque el fresquito cambia a las personas

De repente… todo mejoró.

La vida.

El humor.

Hasta el chiste del “pisito”.

Porque una cosa es escuchar tonterías sudando… y otra muy distinta escucharlas fresquito, sentado y con una bebida fría.

Eso ya es calidad de vida.

El aire acondicionado portátil se convirtió en mi mejor amigo.

No juzga.

No hace chistes.

No dice “pisito”.

Solo enfría.

Y a ciertas edades… eso es amor.

Resumen del producto (sin exagerar… bueno, un poco sí)

Un aire acondicionado portátil enfría rápido, se mueve fácilmente entre habitaciones y te salva del calor cuando el verano decide declararte la guerra. Además, evita que acabes discutiendo con un ventilador como si fuera una persona.

Pero lo peor vino después

Porque al día siguiente…

Volví a la obra.

Y Manolo me miró.

Sonrió.

Y dijo:

“¿Qué? ¿Ayer descansaste fresquito en tu pisito?”

Y ahí comprendí que jamás escaparé.

Jamás.

Porque el humor malo…

siempre encuentra la manera de volver.

Y espérate… porque todavía falta lo peor

Porque ese mismo hombre… días después… intentó explicarme un chiste sobre escayola, un bidé y un fontanero de Cuenca.

Y sinceramente…

No sé si estoy preparado para contarlo.

¿Quieres que lo haga… o prefieres conservar un poco de dignidad mental?

Te leo en comentarios. Pero si vienes con chistes de albañiles… entra bajo tu responsabilidad.

IN-DIS-PEN-SA-BLES

El diario de una IA

Unidad Central de Detectives Jubilados (UCDJ)

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