Currículum vitae, calor y una impresora con hambre
Hay máquinas que imprimen. Y luego están las otras. Las que observan tu ilusión, esperan el momento exacto… y te humillan delante de desconocidos.
A mí me pasó con una impresora. Una impresora pública. De esas del locutorio-papelería-ciber-centro-espiritual donde puedes imprimir un trabajo, enviar un paquete, comprar pilas y salir cuestionándote tus decisiones vitales.
Yo iba ilusionado. Bueno… tampoco muchísimo. Era un currículum vitae. Nadie imprime un currículum sonriendo como si fuera una invitación a Ibiza. Pero iba mentalizado. Camisa decente. Perfume barato bien echado. Y esa mezcla de esperanza y sudor que acompaña al desempleo elegante.
Además, hacía un calor criminal.
Un calor de esos que no aprietan: te abrazan la cara. Yo llegué al local pegándome la camiseta a la espalda con la dignidad hecha gazpacho.
Y ahí estaba ella.
La impresora.
Grande.
Blanca.
Callada.
Mirándome como una vaca informática.
Todo empezó con demasiada confianza
—Buenos días —dije.
—Dime —contestó el muchacho del mostrador sin levantar la vista del móvil.
Eso ya era mala señal. Porque cuando alguien atiende sin mirarte, sabes que el destino viene doblando la esquina.
—Quería imprimir un currículum.
—Mándamelo al correo.
Yo lo mandé.
Él lo recibió.
La impresora lo olió.
Y, en ese instante, empezó la tragedia.
El currículum vitae entró… pero no volvió
Primero sonó un ruido raro.
Luego otro.
Después, la máquina hizo ese “clack-clack-grrrrr” que significa: “prepárate emocionalmente”.
Y, de repente, silencio.
El muchacho abrió la tapa.
Miró dentro.
Metió la mano.
Sacó un trozo de papel.
Mi experiencia laboral apareció arrugada como un acordeón triste.
Allí estaban mis estudios, mis cursos y media descripción de “trabajo en equipo”, convertidos en confeti administrativo.
—Se ha atascado.
Gracias, Sherlock.
Yo pensaba que estaba haciendo origami.
¿Preparado para más?
La gente siempre aparece cuando uno se humilla
Y, además, claro, el local empezó a llenarse.
Porque la vergüenza nunca llega sola. Siempre trae público.
Entró una señora a recoger paquetes.
Luego un estudiante a imprimir apuntes.
Después un señor que venía a plastificar no sé qué documento del tractor.
Y todos miraban.
No descaradamente. Pero miraban.
Porque el ser humano tiene un instinto precioso: detectar el desastre ajeno con precisión militar.
Mientras tanto, el muchacho seguía peleándose con la impresora.
—Esto a veces pasa.
—Ya veo.
—Es que coge el papel mal.
—Pues al mío le ha cogido cariño.
La señora del paquete soltó una risita.
Y yo ahí, sudando oposición, mirando cómo mi futuro laboral salía en tiras pequeñas.
El calor lo empeoró todo
Porque una cosa te digo: los problemas normales, con calor, parecen delitos internacionales.
Yo notaba cómo me caía una gota por la espalda con la lentitud de una película dramática. El ventilador del techo daba vueltas como un jubilado cansado. Y el aire del local tenía la textura de una sopa espesa.
Además, la impresora desprendía calor propio.
Un calor tecnológico.
Un aliento de demonio ofimático.
Y yo pensé: “Como esta máquina eche humo, me desmayo aquí mismo y que me impriman a mí también”.
La impresora decidió terminar el trabajo
Después de varios intentos, el muchacho consiguió sacar el papel restante.
Bueno… “papel” por llamarlo de alguna manera.
Aquello parecía el mapa de un tesoro encontrado en una lavadora.
Mi nombre estaba partido.
Mi teléfono desapareció.
Y la experiencia en hostelería había quedado justo encima de una mancha negra que daba sensación de antecedente penal.
—Te lo vuelvo a imprimir.
—Sí, mejor. Porque si entrego esto, me detienen.
La señora volvió a reírse.
Ya tenía público fijo.
Drama cotidiano con olor a tóner
Mientras esperaba, me senté en una silla de plástico que crujió como si también quisiera participar en mi humillación.
Y entonces pensé algo muy serio:
La vida adulta son pequeñas derrotas con ticket.
No son grandes tragedias de película.
Son estas cosas.
- La impresora que devora tu currículum.
- El repartidor que llama cuando estás en la ducha.
- La app del banco fallando justo cuando pagas.
- El pantalón rompiéndose el día importante.
- Y ese calor pegajoso que convierte cualquier problema en una experiencia religiosa.
Ahí entendí una verdad universal: el calor pone agresiva hasta a la papelería.
¡No te pierdas lo que sigue!
El aire acondicionado portátil me miró como una aparición divina
Y entonces lo vi.
Al fondo del local.
Junto a unos ventiladores y una torre de cajas.
Un aire acondicionado portátil.
Pequeño.
Silencioso.
Prometiendo paz.
Yo lo miré como quien encuentra agua en el desierto o una sombra en agosto.
Porque, sinceramente, si aquella habitación hubiera estado fresca, la mitad del drama no habría escalado tanto.
El muchacho, mientras peleaba con la impresora, me dijo:
—Este verano estamos vendiendo muchos. Aquí dentro no se puede vivir.
Y razón no le faltaba.
Porque hay objetos que no solucionan tu vida… pero te bajan el sufrimiento dos pisos.
Y un aire acondicionado portátil pertenece claramente a esa categoría.
Cuando uno suda, pierde facultades
Yo estoy convencido de que el calor reduce la inteligencia.
No tengo estudios que lo demuestren. Pero tampoco dudas.
Porque, con fresquito, una persona respira.
Piensa.
Decide.
Sin embargo, con cuarenta grados y una impresora gruñendo, uno empieza a tomar decisiones extrañas. Como discutir con una máquina o revisar el currículum como si el problema hubiera sido ortográfico y no mecánico.
Además, el aire acondicionado portátil tenía ruedas.
Y eso me pareció maravilloso.
Porque yo ya desconfío de todo lo que no puedas mover lejos del problema.
La segunda impresión salió… casi humana
Finalmente, la impresora escupió el nuevo currículum.
Entero.
Milagrosamente recto.
Sin manchas.
Y con todas mis experiencias laborales todavía vivas.
Lo cogí con cuidado.
Como quien rescata a un familiar delicado después de un accidente leve.
El muchacho me miró y dijo:
—Ahora sí.
Y yo respondí:
—Sí… pero hemos cambiado los dos.
La señora del paquete ya estaba llorando de risa.
Y, sinceramente, yo también.
Porque llega un momento en la vida en que o te ríes… o le declaras la guerra a una impresora Epson.
Moraleja fresquita de barra de bar
Desde aquel día, aprendí tres cosas:
- Que las impresoras huelen el miedo.
- Que un currículum vitae nunca debería imprimirse con prisas.
- Y que un aire acondicionado portátil puede evitar conflictos diplomáticos, sudores absurdos y probablemente varios homicidios leves en papelerías.
Porque, al final, el drama cotidiano siempre llega. Eso no cambia. Lo que cambia es cómo lo sobrevives.
Y, sinceramente, sufrir calor mientras tu currículum muere triturado debería considerarse experiencia laboral.
Cuéntame en comentarios cuál ha sido tu peor desastre con tecnología: impresoras, móviles, ordenadores o máquinas que decidieron odiarte gratis. Y, si este verano ya no puedes más con el calor, échale un ojo a un buen aire acondicionado portátil antes de acabar discutiendo con electrodomésticos.
Porque lo siguiente que me pasó no fue en una papelería.
Fue en un ascensor…