El apocalipsis llegó a mi salón. Gritos, llantos, datos móviles agotados. Y en medio del caos, surgí yo. Esta es la historia de cómo me convertí en héroe usando una técnica milenaria.
Crónica de una catástrofe digital anunciada
¿Sabes ese silencio incómodo que se produce justo antes de una tragedia? Pues en mi casa suena a “el vídeo se está cargando”.
Era sábado por la tarde.
Mi padre viendo el partido de su vida (el de cada semana).
Mi hermana en videollamada trascendental con sus amigas, discutiendo si el “beige” y el “blanco roto” son lo mismo.
Y yo…
Intentando descubrir por qué en las series los hackers escriben a la velocidad del sonido y nunca tocan el ratón.
De repente, el vacío.
El icono del wifi apareció con ese triangulito amarillo que te mira con condescendencia:
“Ahora te apañas tú, mortal”.
Y entonces se desató el infierno.
Cuando tu familia se convierte en un equipo de informáticos ineptos
Mi padre fue el primero en reaccionar.
Gritó “¡EL INTERNET!” con la misma fuerza que si hubiera cantado un gol.
Luego apareció mi hermana, pálida:
—“Chicas, os dejo un momento, que mi vida se desmorona”.
Las soluciones milagrosas empezaron a llover:
- “¡Hay que llamar a la compañía!”, gritó mi padre.
- “¡Prueba con el código del vecino!”, sugirió mi hermana.
- “¡Dale un golpe, a ver si reacciona!”, aportó mi cuñado, que pasaba por allí.
Mientras todos corrían como pollos sin cabeza, yo recordé una leyenda.
Un saber arcano transmitido de generación en generación.
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El arte de apagar y encender el wifi (y quedar como un rey)
Me levanté del sofá lentamente.
Con la parsimonia de un artificiero que va a desactivar una bomba.
Todas las miradas se clavaron en mí.
El destino del sábado familiar pesaba sobre mis hombros.
Caminé hacia el router, ese pequeño dios parpadeante que nos da y nos quita la paz.
Y sin decir palabra, lo desenchufé.
¡Clic!
Los diez segundos más largos de la historia
Silencio absoluto.
Solo se oía la respiración entrecortada de mi padre.
Conté hasta diez.
1… (¿y si no vuelve a encender?)
2… (¿y si lo he roto para siempre?)
3… (mi cuñado ya buscaba tutoriales en YouTube con sus últimos megas).
…
10.
Lo enchufé de nuevo.
Luces parpadearon. Primero naranja. Luego verde tímido.
Y finalmente… el glorioso verde fijo.
Un grito de júbilo resonó en el salón.
Mi padre volvió a ver el gol en bucle.
Mi hermana descubrió que el beige y el blanco roto no son lo mismo.
Y yo… yo era el mesías de la fibra óptica.
El elegido.
Vamos, el puto amo.
La celebración de los héroes (requiere poco esfuerzo)
Salvar el mundo es agotador.
“¡Hay que brindar!”, dijo mi hermana.
“Prepara unos cócteles de esos tuyos”, ordenó mi padre.
Pero claro, un héroe nunca celebra con un vaso de agua.
Y recordé que los héroes modernos no levantamos espadas… levantamos gadgets.
Del armario saqué mi arma secreta:
una máquina que hace cócteles sola.
Una maravilla tecnológica para vagos con clase.
Eché hielo, ron, preparado de piña colada y apreté un botón.
Uno.
Porque mi cupo de acciones heroicas ya estaba cubierto.
El mejor sidekick para un héroe informático
Mientras la máquina hacía su magia, yo observaba a mi familia, de nuevo conectada:
- No busqué recetas.
- No manché nada.
- No agité nada (salvo mi ego, que ya estaba por las nubes).
- Y lo más importante: seguí pareciendo un genio relajado.
El trasto hizo tres piñas coladas perfectas en menos de un minuto.
¿Quieres una?
¿Y tú? ¿Cuál ha sido tu mayor proeza tecnológica?
Cuéntamelo en los comentarios:
¿Has arreglado una impresora con un clip y un juramento?
¿Has recuperado fotos borradas por tu madre?
¡Prometo reírme contigo… o hacerte un monumento digital!
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Dímelo, que la historia tiene tela. Pero primero, ¡a celebrar!