Gustavo en Berlín (y no fue el techno)

Gustavo viajó a Berlín por un concierto. Terminó en el baño equivocado, bailando con finlandeses y usando su portátil Workstation como héroe inesperado.

Cuando el portátil Workstation salvó la noche

Gustavo solo quería escuchar música en directo, no protagonizar un capítulo de “Jackass internacional”.
Voló a Berlín con la ilusión de un adolescente con entradas para su primera rave y la logística de un señor que aún imprime los billetes del avión.
Su plan: concierto, cerveza, pogo.
Su destino: el baño de hombres, un grupo de finlandeses borrachos y la gloria involuntaria.

El principio del caos: “¿Esta fila es para el concierto o para mear?”

Llegó al recinto una hora antes.
El aire olía a kebab, cerveza y decisiones equivocadas.
Frente a la puerta, una fila larga, humana y esperanzada. Gustavo, con su mochila y su portátil Workstation (porque “por si me da tiempo para adelantar trabajo”… ), se colocó al final.
Después de veinte minutos, empezó a sospechar.
La gente salía de la fila más rápido de lo que entraba.

—Oye, ¿esto es para entrar al concierto? —preguntó.
—No, colega —dijo un chico con piercing en la ceja—. Esto es el baño.

Gustavo había hecho cola para mear, no para bailar.
Y como buen español en el extranjero, fingió que lo sabía todo el tiempo.
Entró, se lavó las manos por compromiso y salió silbando.
Demasiado tarde: la verdadera fila ya tenía trescientas personas más.

No era el escenario, era la puerta de emergencias

Con su típica mezcla de orgullo y torpeza, decidió improvisar.
“Seguro que hay otra entrada”, pensó.
Y la encontró.
Una puerta lateral sin nadie delante.
Empujó. Se abrió.
Y ahí empezó la magia: acababa de entrar por la puerta del backstage.

De repente, se vio en un pasillo lleno de cables, altavoces y un tipo finlandés sin camiseta tocando una batería invisible.
—Hei! Uusi kaveri! —le gritó uno.
Gustavo asintió. Porque cuando no entiendes, asiente. Siempre.

En menos de diez minutos, ya tenía un vaso de vodka en la mano, otro en la camisa y un grupo nuevo de amigos que pensaban que era el DJ invitado de Madrid.

 

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El portátil que hizo de DJ

El grupo de finlandeses quería pinchar algo, pero su portátil se había caído en la cerveza.
Gustavo, en su infinita ingenuidad, dijo:
—Yo tengo uno.

Y ahí entró el héroe del relato: su portátil Workstation.
El único de la sala que no estaba borracho, ni mojado, ni con glitter.
Lo conectaron.
Cargó en segundos.
Y mientras los finlandeses aporreaban botones sin sentido, el portátil aguantaba el tipo como si estuviera en un laboratorio de la NASA.

Uno gritó:
—¡Eres un genio, español!
Y Gustavo, que apenas sabía abrir Spotify sin cerrar el navegador, sonrió con humildad técnica.

El portátil no solo salvó la fiesta, sino también la reputación de Gustavo.
Durante 30 minutos, sonaron loops imposibles, alarmas del sistema y hasta una alerta de Windows convertida en drop.
Berlín aplaudía.
El portátil, ni se inmutaba.

Un portátil, tres finlandeses y un guardia de seguridad”

La fiesta improvisada duró lo que tardó en llegar un guardia de seguridad de dos metros y medio.
—Who are you? —gruñó.
—DJ Gustavo, from Spain —dijo uno de los finlandeses, sin pestañear.

El guardia miró al portátil, luego a Gustavo.
—Nice set —dijo.
Y se fue.
Milagro. O rendimiento superior.

El día siguiente: resaca, gloria y un portátil sin arañazos

A la mañana siguiente, Gustavo se despertó en el hostal con olor a vodka, confeti en los calcetines y una foto suya en Instagram con el hashtag #FinnishBeatsWithGus.
Su portátil Workstation seguía encendido, sin quejarse, sin un fallo, sin perder ni un bit de dignidad digital.
Gustavo, en cambio, tenía tres nuevos seguidores finlandeses y una ligera vergüenza existencial.

Desde entonces, Gustavo no viaja sin su portátil Workstation de confianza.

Dice que no solo sirve para trabajar o editar fotos: también para improvisar sesiones techno si te confundes de puerta.
Y que en caso de apuro, puede usarse de escudo emocional frente a la vida adulta.

Así que ya sabes:

Si algún día acabas en Berlín, asegúrate de distinguir entre la fila del baño y la del concierto.
Y si no puedes distinguirlas, al menos lleva un portátil Workstation: puede que no te salve de la vergüenza, pero al menos hará que el WiFi suene a gloria.

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