Un día limpié mis gafas y descubrí que no me estaba quedando ciego… Y como un cargador portátil para coche eléctrico apareció como salvavidas inesperado.
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Descubrí que no me estaba quedando ciego (y algo mucho mejor)
Desde hace meses veía borroso. Pensaba “ja, seguro que ya me estoy quedando ciego con los años”. Pero un día decidí limpiar mis gafas a conciencia… y aquello cambió mi mundo (literalmente).
El gran desastre visual
Era martes y llovía, como casi siempre cuando uno tiene prisa. Salí con las gafas cubiertas de huellas, polvo y restos de café (porque claro, yo soy de los que desayuna con las gafas puestas). Al cruzar la calle vi el letrero del bar frente a mí: “CAFÉ – LA ESPERANZA”. Lo leí mal: “CAPE – LA ESPERANZA”. Pensé que era algún local nuevo hippie.
En el bar, el camarero me dijo: “Oye, ¿te he traído ya el diario?”. “¿Cuál diario?”, respondí. Y entonces me di cuenta: veía todo borroso. Sentí un pinchazo de pánico. ¿Se me habrían oxidado los ojos?
La limpieza que salva vidas (o casi)
Cogí mis gafas y me dije: “Hoy sí o sí las limpio bien”. Me fui al fregadero. Empecé a soplar para quitar partículas —lo que recomiendan los expertos para no rayar—. Luego usé jabón neutro suave, frotando con las yemas de los dedos, con agua tibia, sin apretar como si fuera a romperlas. (Sí, como recomiendan los ópticos modernos).
Las enjuagué, las sequé con un paño limpio (ojo: uno que no estuviera lleno de arena o residuos). Y entonces me las puse… y el mundo volvió a tener bordes nítidos. Las letras del periódico volvieron a ser letras y no manchas. Respiré. No me estaba quedando ciego, simplemente estaba mirando a través de cristales sucios.
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Reflexión absurda en el pasillo
Mientras caminaba por casa, pensaba: “Si hubiese visto mal el cartel del bar, podría haber entrado a ‘CAPE’ y desayunado con estilo pirata”. Pero no. Era solo mi culpa por no limpiar las gafas.
Y ahí me dije: “Pues si no limpio bien las gafas, tampoco estaré preparado para otras emergencias”. Porque justo esa semana tenía una escapada planificada con el coche eléctrico. Sí, me había pasado al lado verde de la fuerza.
El imprevisto del viaje
Salimos al campo, queremos ver estrellas, desconectar y usar el coche eléctrico para movernos entre miradores. Todo perfecto… hasta que, en mitad de la nada, el coche me lanza: “Estado de batería bajo”. Y no había estación de recarga cerca. Momento de tensión. Mis gafas estaban limpias (gracias a mí) pero mi corazón latía fuerte.
En ese instante recordé que había investigado sobre el cargador de coche eléctrico portátil. Un aparato que algunos llaman “salvavidas eléctrico” porque puede darte kilómetros extra cuando más lo necesitas.
El cargador como héroe sorpresivo
Saco del maletero ese cacharro portátil, compacto, ligero. Lo conecto a la toma de corriente (sí, uno de esos que puedes enchufar a la red doméstica o portátil) y lo acoplo al coche. En unos minutos empieza a reírse de la penuria: la batería va subiendo. Me sentí como quien reparte galletas en un apocalipsis.
Mientras esperaba esos minutos, pensaba: “Qué curioso, con gafas sucias pensé que perdía la vista; con coche sin carga pensé que perdía la libertad”. Pero aquí estaba, cargador en mano, salvando el pellejo.
Mini guía práctica (sin rollos de ingeniería)
- Busca un cargador portátil compatible con tu modelo de coche eléctrico (que tenga el conector adecuado).
- Que sea ligero, compacto, con buen sistema de refrigeración. Algunos cargadores portátiles destacan por su diseño ultraligero.
- Que soporte el modo de carga necesario (modo 2, modo 3, etc.).
- Siempre que puedas, lleva el cargador en el coche, aunque no lo creas esencial… lo agradecerás en la cuneta.
- Úsalo como “reserva”: no reemplaza estaciones de carga rápida, pero puede evitar el desastre cuando no hay otra opción.
Con esa herramienta extra, recuperé mis kilómetros perdidos. Y con las gafas limpias, recuperé mi vista nítida. Al volver al coche, vi el tablero con claridad: “Autonomía: + mostrada”. Todo funcionaba.
Paradoja encantadora
Mientras volvía conduciendo, con las gafas limpias y el cargador portátil haciendo su magia, pensé en lo absurdo de todo: me asusté pensando que era ciego… y me asusté pensando que me quedaría tirado. Pero ambas tragedias se resolvieron simplemente con un poco de limpieza y una buena herramienta.
Si no hubiese limpiado bien las gafas, seguiría con visión borrosa y habría pensado que me fallaba algo interno. Si no hubiese investigado sobre ese cargador portátil, en el viaje me habría quedado vendido. En ambos casos, la preparación salva muchas escenas dramáticas.
¿Y tú? ¿Qué limpias o qué no llevas pensado hasta que te falla?
A lo mejor mañana te levantas con visión parcial (y no es que te estés haciendo viejo), o te quedas sin batería justo cuando más la necesitas. Lo que te cuento sirve para que hagas dos cosas simples.
- Revisa tus gafas: ¿las limpias bien? ¿con cuidado? ¿o con cualquier trapo que encuentras?
- Evalúa llevar un cargador coche eléctrico portátil: aunque no lo uses a diario, en emergencias marca la diferencia.
Si te ha gustado esta locura de historia visual-eléctrica, mañana te contaré el día que limpié el parabrisas… y pensé que el coche era un espejo deformado. Y de paso, te mostraré cómo elegir *el mejor cargador portátil* para que no te quedes tirado (spoiler: no todos valen lo que cuestan).
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