Lo que a Carolina le pasó en Zúrich (y no fue el chocolate)

Carolina metió su Coca-Cola en el bidé pensando que era minibar. Terminó con una multa, un trauma y un portátil Workstation como único superviviente.


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Cuando el bidé se convirtió en minibar

Carolina solo quería refrescar una Coca-Cola.
Acabó con el baño inundado, el orgullo arrugado y la frase más cara de su vida:

—Madame, esto requiere una limpieza especial.

Sí, amigos. Así empezó la historia del bidé en Zúrich.

La llegada triunfal: Carolina y su guía inútil

Aterrizó en Suiza con tres certezas:

  1. Que los suizos son limpios.
  2. Que el chocolate engorda menos si es caro.
  3. Que el agua del grifo se bebe.

Lo que no sabía es que el bidé suizo no sirve para enfriar bebidas.
Tampoco para lavar zapatos.
Ni para “guardar temporalmente” un bocadillo de mortadela envuelto en servilleta, por si te lo preguntas.

Pero Carolina lo descubrió tarde. Muy tarde.

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La confusión del siglo: “¿Dónde está la neverita?”

El hotel era de esos que huelen a dinero y silencio.
Habitación blanca, moqueta que daba miedo pisar y un baño que parecía un quirófano.

Carolina buscó el minibar. Nada.
Abrió armarios. Nada.
Solo encontró un misterioso aparato de porcelana junto al váter.
Con un grifo.
Y agua fría.

—Pues ya está —pensó—. Esto es Suiza, seguro que es un minibar ecológico.

Metió la lata.
Giró el grifo.
Y sonó un “plop” que marcó el inicio del desastre.

La escalada del caos: espuma, gritos y moqueta mojada

A los 5 minutos, el bidé burbujeaba como jacuzzi.

Pasados 10 minutos, la Coca-Cola explotó por la presión.

Y a los 15, Carolina gritaba “¡FÍLTRO! ¡FÍLTRO!” como si estuviera en un submarino ruso.

El agua corrió por el suelo hasta el pasillo.
Una señora de la limpieza abrió la puerta y soltó un:

—¿Qué ha pasado aquí?
—Nada, estaba enfriando una Coca-Cola.
—¿En el bidé?
—Era lo más parecido a un minibar.

Silencio.
Luego, el clásico suspiro suizo de “no tengo sueldo para esto”.

El parte policial del hotel

Tres toallas perdidas.
Una moqueta traumatizada.
Y una factura:

“Servicio de limpieza especial – 180 CHF”.

Carolina pagó.
Con la misma dignidad con la que uno paga un rescate.

La redención tecnológica: el portátil Workstation al rescate

Cuando parecía que no podía ir peor, se dio cuenta de que había dejado su portátil Workstation en el suelo.
Cerca del lago artificial que había creado.

Y aquí llega el milagro.
El portátil ni se inmutó.
Ni una chispa, ni un drama.
Siguió encendido como diciendo:

“He sobrevivido a Zúrich, puedo con todo.”

Y es que claro, no era un portátil cualquiera.
Era de esos que aguantan café, lágrimas y errores humanos de alto voltaje.
Compacto, resistente y con ventiladores que suenan como un coche eléctrico enfadado.
En ese momento, Carolina entendió que no viajas con un Workstation: viajas con un héroe silencioso.

¿Por qué hay un secador en el minibar?

Al día siguiente, en el desayuno, un recepcionista la saludó con una sonrisa diplomática.

—¿Durmió bien, madame?
—Sí, aunque el minibar hacía ruido.
—… ¿El minibar?
—Sí, el del baño.
—Ah… el bidé.

Y así, la vergüenza alcanzó su punto de ebullición.

Desde entonces, Carolina no viaja sin su Portátil Workstation (y sin una etiqueta que dice “esto no enfría Coca-Colas”).

En Zúrich aprendió tres cosas:

  1. Los suizos no improvisan.
  2. Los bidés no son neveras.
  3. Pero los portátiles buenos te salvan de ti misma.


¿Y tú?

¿Has usado alguna vez algo para lo que claramente no fue diseñado?
Cuéntalo. Prometemos no juzgar… mucho. 😏

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“Gustavo en Berlín: confundió la entrada al concierto con la fila del baño. Terminó bailando con un grupo de finlandeses en el backstage.”


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